Después de una espera larga,
nos dividieron en grupos de diez personas y de aquellas que estaban sentadas en
la misma sala que yo, él único que estuvo en mi grupo fue el muchacho con la
cicatriz. Entré a la habitación y me senté en la primera banca que encontré. El
chico se sentó un par de bancas apartadas de mí, pero aun así, podía ver su
cicatriz bastante marcada en la cara. Por un momento, se me vino a la cabeza
que era una persona ruda, pero no lo pude mantener mucho tiempo, porque su
expresión en la cara decía lo contrario.
-Bueno chicos, bienvenidos una vez más a esta escuela, su
nueva casa, quiero que sepan que aquí ustedes se sentirán cómodos y libres de
poder expresar cualquier cosa que necesiten, libres de ser ustedes mismos, dijo
la profesora, parecía una lunática, hablaba muy despacio, parecía que hablaba
con gente idiota, con gente que no tenía mucho cerebro, era ridículo. Nos
explicó muchísimas cosas acerca del control de nuestros sentimientos y de
nuestras vidas, el espíritu y Dios, y como todo eso nos hará más felices si nos
aferramos a algo más vivo y ese tipo de cosas.
Teníamos un pequeño receso, así que salí de la casa al patio
central, no había gente a mi alrededor así que me recosté en el césped y
respiré un poco. Esto no me gustaba nada, pero no quería que mamá se decepcione
de mi por no intentarlo. Estaba todo tan tranquilo que me desconecté del mundo
por un momento, sólo oía los latidos de mi corazón y también mi respiración.
Sentí que alguien se recostó cerca de mí, regresé a ver y lo primero que noté
fueron sus grandes ojos color miel, sonrió de nuevo, aún no sabía cuál era su
nombre o cómo era su voz.
-Bien,
este era mi lugar para descansar y normalmente estar alejado de esas personas
raras con las que tomamos clases, pero parece que esta vez me has ganado, me
dijo mientras veía a las nubes. Suspiré y no dije nada.
-Parece
que te comió la lengua el pato, indicó y no pude contener la risa.
-Es
gato, no pato, bueno eso creo, le dije.
-Oh, es
verdad, gracias por corregirme, ahora entiendo porque la gente a la que le digo
eso se pone a reír, me has salvado la vida… este…. Cómo te llamas?, me
preguntó.
-Soy Samantha,
le respondí y me senté, mientras me recostaba a un árbol que estaba junto a
nosotros.
-Mi
hermana se llamaba igual que tú, que bonito es ese nombre, cuando ella nació,
yo lo elegí, Samantha, yo soy Andrés, me explicó y me tendió su mano para que
la tome, me dio un gran apretón y me la soltó enseguida.
-Mucho
gusto, Andrés, me alegra que te guste mi nombre, le dije, pero estaba muy
nerviosa, no había hablado con alguien que no conocía bien en muchísimo tiempo
así que era bastante incómodo. Seguía viendo su cicatriz, tenía muchísima
curiosidad, quería saber cómo se la hizo, porque, parecía un chico muy
agradable para estar metido en problemas o peleando por ahí.
-Deja
de mirarla y te diré por qué la tengo, me explicó cubriéndose la cicatriz.
-Perdóname
yo…
-No te
disculpes, me miró directamente a los ojos y continuó, mira no todos tienen los
padres deseados o la vida que realmente uno quiere, y pues en mi caso, no es
una vida de ensueño, mi mamá nos abandonó, a Samantha y a mí y nos dejó con mi
padre que es un alcohólico, mi madre era una cobarde y no pensó en nosotros, no
nos llevó con ella y desde hace dos años que no sé nada.
-Cuánto
lo siento
-No
debes, bueno, Samantha siempre fue mi primera prioridad y la protegía mucho,
así que mi padre no podía hacerle nada, ni siquiera permitía que le hable, así
que un día, estaba muy grosero con ella y pues lo empujé muy duro contra la
pared, mi padre estaba ebrio y tenía una botella en su mano, la rompió y con la
botella trizada me hizo un gran corte, pero no le hizo nada a mi hermana y por
esa razón, esta cicatriz valió la pena, bueno hasta que…, bajó la cabeza y no
siguió hablando más.
-De
verdad, eres un héroe, tu hermana debe estar muy orgullosa de ti, puse mi mano
en su hombro, llamaron a que volvamos a clases así que no pude seguir hablando
con él, pero realmente era triste verlo así, mientras que yo no hacía mucho
caso a mis padres y me molestaba su sobreprotección, sus padres ni siquiera
estaban con él y mucho menos lo cuidaban. Me sentía como basura, eso era yo,
una hija basura, que no sabía aprovechar lo que tenía.
Acabamos
y salí a esperar a mi padre que debía estar por venir, cuando alguien puso su
mano en mi hombro, era Andrés.
-Por lo
de antes, quiero pedirte que no lo comentes a nadie, prefiero quedar como el
chico rudo de la escuela, así nadie se me acerca, ¿está bien?, por el momento
sólo quiero ser única y exclusivamente tu amigo, porque qué más voy a pedir, es
genial hablar contigo
-Tienes
mi palabra que no voy a contarlo, le dije. Me sonrió y se acercó a mi oído:
-Si te
preguntan puedes decir que me encantan los gatos, eso es verdad y que uno, me
aruñó muy fuerte en la cara, porque todos aquí saben que me gustan cuidarlos,
algún día te llevo al refugio a donde voy, allí los ancianos no pueden
cuidarlos, así que yo lo hago de vez en cuando.
-Hablas
mucho, pero me encantaría.
-Lo sé
y lo siento, no puedo contenerme cuando de verdad me agrada alguien, me dijo y
se despidió con un beso en la mejilla, me quedé helada – Ten un buen día, nos
vemos mañana.
-Hasta
luego, le respondí, mientras suspiraba.
Andrés
buscó su bicicleta y montó colina abajo, hasta que ya no pude divisarlo. En
eso, llegó mi papá, entré al auto y abrí la ventana.
-¿Te
gustan los gatos papá?, le pregunté
-No los
odio, me respondió
-¿Podríamos
adoptar uno?
-No
creo que a tu madre le agrade querida, pero si a ti te gustaría tener uno,
pues, estás en tu derecho de pedir… pero… ¿por qué tan de repente?
-No lo
sé, la gente a veces cambia de opinión
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